No hace falta soñar, creer, no hace falta tener esperanzas.
Ahora no. Ya no.
Es agradable sentir y recordar lo vivido, lo pasado. Todo lo pasado.
Los pasos que he recorrido para llegar hasta aquí.
Para llegar a él.
Ha costado. Y mucho.
Pero aún así es agradable el recuerdo.
Como si hubiera desaparecido, para siempre. Mi mente me obligaba a entender que ya no estaba, que se había ido. Que ya no debía vivir nada más, ni tener nada relacionado con él. Nada. Lejos. Para siempre.
Y cuando mi corazón ya no lo nombraba, cuando seguía adelante, con la cabeza alta, con la esperanza de cumplir sueños, de vivirlos, apareció. De nuevo.
Volví a caer en sus tentadoras garras.
Es mío. Ahora sí.
Me costó volver en sí. Me costó confiar, y mucho. Pero ahí está. Conmigo.
Amaneciendo con su mirada dentro de mí, con el deseo de abrazar a eso que mi corazón no quiere dejar volar.
Mío. Siempre.
He conseguido en poco tiempo llenar su vida de alegría y amor, como él dice, y no puedo estar más orgullosa por ello, por decirle que comparto su opinión y que él también lo ha logrado.
Y no, no voy a dejarlo escapar otra vez. NO. Esta vez lo amarraré con fuerza, lo sostendré contra mi pecho y lo abrazaré con amor. Con mucho amor.
Juntos. Para siempre.
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