Miraba al techo y suspiraba, pero era un suspiro de amor, de mucho amor.
Yo, apoyada en su pecho, le observaba plácidamente.
Adoro su forma de no pensar, de dejar pasar el tiempo con tranquilidad y de mirar a un punto fijo con la esperanza de olvidar las preocupaciones. Le acaricié con muchísima suavidad, como si de fuego se tratase su piel, pasé mi mano por su mejilla izquierda intentando captar toda su atención a la vez que aliviaba el dolor. Me miró, dejó volar lo que tenía en mente, cosa sin importancia pero que aún así me importaba, y me dedicó una de sus mejores sonrisas.
-Te quiero.
Me apresuré hasta llegar a sus labios con la finalidad de transmitirle una respuesta.
Nos abrazamos, nos mantuvimos unos cuatro o cinco minutos así, y nuestros corazones se salían del pecho, también querían darse un enorme abrazo, lo sentían, como nosotros.
Las sábanas nos acurrucaban y el aire nos proporcionaba amor y pasión, todo el que se concentraba en nuestra respiración.
Mi cuerpo entero le necesita a él.
Mi corazón desea salir de nuevo, directo hacia el suyo, hacia la felicidad.

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