Venga, hazlo. Cuéntale al papel tus penas. Puede que de verdad tenga curiosidad por tu vida. Sí, sí. Por la tuya. Por aquella que dices que no deja de ser una mierda. Por aquella por la que deberías ser feliz.
¿Feliz? Perdona amor, pero no puedo. Ahora mismo no puedo. ¿Para que engañar a este pobre corazón? ¿Para que insinuarle de nuevo que me siento bien, que no pasa nada, siendo todo mentira? Oh, corazón. Puede que ahora mismo no tenga sentido y por ello no la quiera, en cierto modo, creo que es eso. Mi vida no es algo que se pueda reciclar, o que cuando me canse la pueda cambiar; la vida está para disfrutarla y alcanzarla, a ella y a todas la metas que nos propongamos. Ya sé que eso lo sabes, corazón. Pero tienes que demostrarle a esta cabeza loca que no tiene razón y que por mucho que diga que no puede, enseñarle la puerta en la que, en un letrero grande y llamativo, pone que la felicidad se encuentra caminando y que yo la estoy alcanzando. Enséñale que tiene todo lo que hay que tener, enséñale que no debe rozar el suelo cada vez que pasa una mala racha, aunque ésta, sea un poco larga.
Y por favor, corazón, dile de mi parte que él siempre la acompañará, sí sí, dile que cuando quiera tendrá otro corazón a su lado, dándole el amor que pueda aliviar sus penas.
Gracias. Gracias por tomarte esta copa conmigo y gracias por escucharme, amor. Gracias por hacerla comprender, gracias por demostrarle todo aquello a esta cabecita que ya consigue situarse, poco a poco.
Y gracias por saber que me refiero a ti, a la esperanza que provoca esta luz que me hace sonreir.




